miércoles, 1 de julio de 2015

Fiestas Patronales 2015 - San Antonio de Padua - Galeria de Actividades




Imagen de San Antonio de Padua 





Comienzo de la Procesión en las calles de Tamaca 








Actividades realizadas  en el marco de la celebración de las fiestas patronales:


Padre Humberto Tirado, en su ponencia sobre la liturgia 





Padre Ángel Atacho, en su ponencia sobre el jubileo de la misericordia y la bula de convocatoria 








Padre Jesús Perez, nos habla sobre la vida y obra de San Juan Bosco





Concierto Católico con grupos y ministerios de la parroquia y sectores vecinos 



Grupo San Agustín de Tamaca



Grupo Mirada al Cielo







Grupo Santa Eduviges el Cuji y Nuestra Señora del Pilar de la Ruezga Sur





Grupo Proyecto de Amor






Grupo San Juan Bautista de Duaca






Grupo Adorando a Jesús - La Santa Cruz







Grupo de niñas y muchachas de San Antonio de Padua Tamaca



Laura, Angel, Stefanie, y Albany 



Grupo de Kelaia Yucatan la hacienda


Francismar, junto a Jose Gregorio y Maria Teresa


Grupo de Niños y muchachos de la parroquia San Antonio de Padua Tamaca





Gracias Dios Padre por estas celebraciones
Gracias San Antonio de Padua
Gracias a todos los que participaron en este mes festivo, Dios y Maria Santísima les bendiga en todo momento.















viernes, 26 de junio de 2015

CARTA ENCÍCLICA LAUDATO SI’ DEL SANTO PADRE FRANCISCO SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN



La encíclica Laudato Si' es la segunda encíclica del Papa Francisco y el tercer gran documento de este pontificado, tras la encíclica Lumen Fidei (junio 2013), que Benedicto XVI dejó muy avanzada antes de su renuncia, y la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (noviembre 2013), definida como el programa pastoral de su pontificado.

La encíclica toma su nombre del Cántico de las criaturas compuesto por san Francisco de Asis (s. XIII) y que comienza con las palabras "Laudato si', mi' Signore" (Alabado seas, o mi Señor). En él se recuerda la grandeza y la belleza de toda la creación, que debe ser cuidada y respetada por los hombres, y de la Tierra que "es una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos" (LS 1)

La encíclica se articula en torno al concepto de ecología integral, esto es el medio ambiente en el que se desarrollan las relaciones básicas del ser humano: con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación.

El diálogo que el Papa Francisco propone como método para afrontar y resolver los problemas ambientales, se practica dentro del texto mismo de la encíclica. En ella se recogen las aportaciones de filósofos y teólogos católicos, ortodoxos (el Patriarca Bartolomé) y protestantes (Paul Ricoeur), además del místico musulmán Ali Al-Khawas. Dentro del pensamiento católico, como signo de colegialidad, aparecen, además de las referencias al magisterio de Papas anteriores (Benedicto XVI es citado en 20 ocasiones, Juan Pablo II en 23), de la Tradición de la Iglesia y de documentos vaticanos, numerosas declaraciones de Conferencias episcopales de todos los continentes (Alemania, Estados Unidos, Sudáfrica, Japón etc.).

El punto de partida es el análisis de la situación actual en el capítulo primero, titulado Lo que está pasando en nuestra casa. El Papa aborda la situación generada en torno al calentamiento global y la contaminación, el problema del agua, la pérdida de la biodiversidad y cómo esto afecta al ser humano. Ello se manifiesta en el deterioro de la calidad de vida y la falta de igualdad de condiciones para la vida y el desarrollo en el planeta, que afecta a las personas y a países enteros. Ante esta situación, por encima de la legítima diversidad de opiniones sobre las causas y las soluciones, el Papa denuncia la debilidad de las reacciones en la política internacional y en los poderes económicos.

El segundo capítulo, El Evangelio de la creación, es la propuesta de la relación con la que creación que se desprende de la Sagrada Escritura. Establecida la grandeza de la dignidad humana, el papa Francisco señala cómo el pecado rompe el equilibro de toda la creación que se basa en tres relaciones fundamentales que establece el hombre: con Dios, con el prójimo y con la tierra que habita.

En el tercer capítulo, La raíz humana de la crisis ecológica, se presenta un análisis de las causas que han provocado la situación actual en diálogo con la filosofía y las ciencias humanas. El desarrollo tecnológico ha dado a algunos un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Además, la mentalidad tecnológica dominante concibe toda la realidad como un objeto ilimitadamente manipulable, incluyendo los recursos naturales y al propio hombre.

La propuesta del Papa, recogida en el capítulo 4, habla de una Ecología integral. Un nuevo paradigma de justicia, una ecología que tenga en cuenta el lugar peculiar del ser humano en el mundo y las relaciones con la realidad que le rodea. La naturaleza no es algo separado de nosotros o un mero marco de nuestra vida. Esto se aplica a todo lo que vivimos en los distintos campos: en la economía, la política, en las distintas culturas –especialmente las más amenazadas- y todo lo que afecta a nuestra vida cotidiana. De hecho, la ecología, afirma la encíclica, es inseparable del bien común, lo cual implica tomar decisiones solidarias basadas en «una opción preferencial por los más pobres.

Como consecuencia de los planteamientos propuestos, el papa Francisco propone en el quinto capítulo Algunas líneas de orientación y acción. En él se plantea la pregunta sobre lo que podemos y debemos hacer. En primer lugar propone establecer diálogo sobre el medio ambiente en la política internacional que responda a las necesidades y a las expectativas y alentar también el diálogo hacia las políticas nacionales y locales. Propone también incorporar la responsabilidad ambiental y social a la hora de evaluar y analizar la actuación de las empresas y en particular el impacto ambiental de cada nuevo proyecto.

El último capítulo, Educación y espiritualidad ecológica, va al centro de la conversión ecológica a la que invita la Encíclica. Las raíces de la crisis cultural son profundas y no es fácil rediseñar hábitos y comportamientos, pero la educación y la formación siguen siendo desafíos clave. Como señala el Papa "todo cambio necesita motivaciones y un camino educativo", por lo que se han de implicar la escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis, etc, apostando por cambiar el estilo de vida y educar en la alianza entre humanidad y ambiente.



sábado, 14 de marzo de 2015

Jubileo extraordinario de la Misericordia - "Misericordiosos como el Padre"


Convocatoria del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas, he pensado con frecuencia de qué forma la Iglesia puede hacer más evidente su misión de ser testigo de la misericordia. Es un camino que inicia con una conversión espiritual; y tenemos que recorrer este camino. Por eso he decidido convocar un Jubileo extraordinario que tenga en el centro la misericordia de Dios. Será un Año santo de la misericordia. Lo queremos vivir a la luz de la Palabra del Señor: «Sed misericordiosos como el Padre» (cf. Lc 6, 36). Esto especialmente para los confesores: ¡mucha misericordia!

Este Año santo iniciará con la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción y se concluirá el 20 de noviembre de 2016, domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del universo y rostro vivo de la misericordia del Padre. Encomiendo la organización de este Jubileo al Consejo pontificio para la promoción de la nueva evangelización, para que pueda animarlo como una nueva etapa del camino de la Iglesia en su misión de llevar a cada persona el Evangelio de la misericordia.

Estoy convencido de que toda la Iglesia, que tiene una gran necesidad de recibir misericordia, porque somos pecadores, podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo. No olvidemos que Dios perdona todo, y Dios perdona siempre. No nos cansemos de pedir perdón. Encomendemos desde ahora este Año a la Madre de la misericordia, para que dirija su mirada sobre nosotros y vele sobre nuestro camino: nuestro camino penitencial, nuestro camino con el corazón abierto, durante un año, para recibir la indulgencia de Dios, para recibir la misericordia de Dios.






miércoles, 18 de febrero de 2015

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2015



Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
1. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26) – La Iglesia
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen “parte” con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
2. «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9) – Las parroquias y las comunidades
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta254,14 julio 1897).
 También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf.Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
3. «Fortalezcan sus corazones» (St 5,8) – La persona creyente
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: “Fac cor nostrum secundum Cor tuum”: “Haz nuestro corazón semejante al tuyo” (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís
Franciscus

sábado, 8 de noviembre de 2014

Ordenación Sacerdotal del Padre Felipe David Saavedra Martinez




       El Día 08 de Noviembre de 2014, nuestra parroquia se vistió de gala ante la ordenación Sacerdotal de uno de sus miembros, el Padre David Saavedra.

          Todos exclamemos  llenos de admiración ¡Gracias Señor por el don del Sacerdocio a la iglesia! y ¡Gracias Señor por el Padre David! Por supuesto no esta de mas recordarnos continuamente que ante tan maravilloso regalo de Dios hacia nosotros, tenemos el compromiso de orar por el Padre David para que sea de verdad un sacerdote como Jesucristo y para que el Señor siga dando a la iglesia sacerdotes santos.
Pbro. José Gregorio Mejías
Párroco. 

       A continuación fotografías de la Celebración Eucarística donde por imposición de manos y la oración consecratoria del Excmo. Mons. Antonio José López Castillo, Arzobispo de Barquisimeto, fue ordenado sacerdote el Padre David.